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YACIMIENTO
Cuando me regalaste
la pregunta que desató
mi lengua esa mañana
en la universidad entendí
que en el tiempo breve
que nos fue dado
para pisar la tierra
no hay otro cultivo
que amarte de raíz
a flor, regarte con todas
las aguas en que me bañaban
los maestros: mamá
con su cuchara de aceite
de bacalao, T.S. Eliot
en camino de crustáceo
por la ciudad de ennui,
el sacerdote
que me hablaba
del hambre y la herencia
de los pobres, esos elefantes
gentiles que comían
hojas y vivían
en familias majestuosas,
el mono travieso
que me robó la azúcar
una madrugada
en la terraza del bungalow
en Hambantota
donde habíamos llegado
para visitar
los yacimientos de sal.
Mi papá dirigía
la producción
en toda la isla
y era poeta además
de hombre del estado,
un buen puente
entre comercio y belleza
y las necesidades
del pueblo
y de las gaviotas
que aterrizaban
en los yacimientos
buscando peces…
el oxígeno azul
de esas mañanas
cuando mi papá
me llevaba a descubrir
los secretos de la sal;
él creyó en el gobierno
de los sentidos,
como yo en este poema
escrito en los yacimientos
que me enseñaste
con tu pregunta
que era invitación
a recordar
las reconciliaciones
cuyo aprendizaje
empezó de niño
jugando
en el carruaje
que llevaba la sal
al mercado.
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